lunes, 23 de diciembre de 2013

Viajero romántico Paul Theroux

El escritor norteamericano Paul Theroux, autor de la novela «La Costa de los Mosquitos» realizó un viaje por el Mediterráneo a principio de la década de los ochenta del pasado siglo. Lo hizo fuera de temporada y usando cualquier medio de transporte menos el avión. Su paso por la costa andaluza (La Línea, Algeciras, la Costa del Sol y Almería) es un retrato agridulce, no exento de típicos-tópicos. La degradación ambiental y la consiguiente pérdida de identidad del paisaje es la constante de su crónica. El libro "Las columnas de Hércules" es el resultado de este viaje que empieza en Gibraltar para seguir por la costa española, la Costa Azul francesa, las islas griegas, la península itálica, el territorio croata, Albania, Estambul, Alejandría, El Cairo y Tánger. A continuación algunas de las experiencias y opiniones sobre la Costa del Sol de Theroux:

Las columnas (de cemento) de Hércules

La visión romántica ha pasado. En el inicio del felipismo, un escritor norteamericano recorre parte de la costa andaluza: «Tenía la fuerte impresión de que la costa española, sobre todo aquí, en la Costa del Sol, había sufrido una poderosa colonización (más moderna, pero que constituía una violación tan perniciosa y permanente como la clásica agresión a los extranjeros) que la había privado de sus elementos naturales, sustituyendo cabos, barrancos y puertos por estructuras fútiles y mal hechas. No me repelía, pero demostraba lo que se podía hacer en una costa magnífica con un poco de dinero y nada de gusto. Sin duda, despertaba el interés que produce el horror»
«Málaga era una ciudad orgullosa, ordenada, interesante, con un puerto agradable y con mucho movimiento...»
«Un poco más hacia el interior, en los pueblos que estaban por encima de Almería, había gente que vivía en cuevas (...) Casi al alcance de la vista de la costa superpoblada, este paisaje era encantador por su majestuosidad, su luz y su vacío.»
División de opiniones: «Esa noche daban una corrida de toros por televisión. Un café que había cerca estaba lleno de hombres silenciosos que fumaban cigarrillos y bebían café a sorbos. Unos cuantos turistas descontentos se marcharon. Me quedé mirando un rato, con aquellos españoles atentos. Parecía una farsa sangrienta de un sacrificio ritual: una enorme bestia negra de espléndidos cuernos trotando por el ruedo, bufaba y escarbaba la tierra llena de vida, y quedaba reducida, en pocos minutos, a una ruina humillada que vomitaba sangre, para regocijo de un matador de estrechas caderas: esto me produjo una profunda curiosidad, aunque también me resultó pavoroso. Fui a Mijas y tomé asiento en la plaza de toros...»
«Los españoles eran amables entre sí, moderados, no solían ser agresivos, pocas veces aparecían borrachos en público y por lo general trataban bien a los animales. La idea de que, como miembros de la Comunidad Europea, tuvieran que poner freno a su afición a torturar toros les daba risa....»

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