lunes, 16 de noviembre de 2015

La leyenda de Zamarrilla

Leyenda del bandolero Zamarrilla y María Stma. de la Amargura


Cristóbal Ruiz Bermúdez, era un bandolero nacido en Igualeja en 1796.


Capitaneaba una cuadrilla de salteadores y se le atribuían delitos de sangre, robos y secuestros. Sus andanzas a mediados del siglo XIX se circunscribían a la Serranía de Ronda, aunque también se extendieron a otras provincias limítrofes, a la Costa malagueña y a la propia capital.

Sea como fuere, el “Zamarrilla”, además de asesinar a unos, robar a otros y atemorizar a muchos, llegó a convertirse en una pesadilla de alguaciles, ministriles y corchetes, a quienes provocaba continuamente con sus temerarias fechorías, de ahí que todas las fuerzas oficiales de la época lo persiguieran con afán y apareciese continuamente reclamada su cabeza en pasquines a cambio de una considerable suma de doblones.

Pero, como era de esperar, llegaron los momentos difíciles. El año de 1844 va a suponer un duro revés para el bandolerismo español: el mariscal de campo Duque de Ahumada es encargado de organizar la Guardia Civil, nuevo cuerpo creado para combatir la delincuencia.

El “Zamarrilla”, nombre con que tradición recuerda a Cristóbal Ruiz, debe ese apodo a una cruz, un hito que antes había en un punto del llamado camino de Antequera, que los primeros habitantes del barrio de la Trinidad habían levantado al final de la calle Mármoles, en una amplia zona despoblada en la que crecía la zamarrilla, planta silvestre de escasa altura y de flores blancas o encarnadas y muy aromáticas, similar a la manzanilla campestre. Era tal la exuberancia de zamarrillas en ese terreno que los antiguos lugareños bautizaron a la cruz con ese nombre, la Cruz de Zamarrilla, nombre que luego heredaría la ermita que se levantó en el mismo lugar para la veneración de la Virgen de la Amargura y con el que todavía se la conoce en nuestros días.

Cuando el hambre le apremiaba, se veía empujado hacia las cercanías de la misma Málaga, en cuyo barrio de la Trinidad tenía una novia, la cual, de noche, y procurando no ser vista, proveía al perseguido de algún alimento.

Una noche le perseguían y en una frenética y veloz carrera, sube por el atajo que lleva a la ermita, se refugia en ella y se oculta donde se veneraba la sagrada imagen de la Virgen de la Amargura. Ya fuese por temor a la horca o movido quizá por no se sabe qué irresistible fuerza, aquel hombre se postra de hinojos ante la venerada imagen de la Virgen y le ruega, suplicante y temeroso, que le salve de sus perseguidores. En el último momento acorralado decide esconderse debajo del maternal manto de la Madre de Dios.

Los guardias entraron en el oratorio, rebuscaron por todas partes y al rato salieron decepcionados sin comprender dónde se pudo meter el bandido.

Sale de su escondite todo emocionado y tembloroso. Mira detenidamente la sagrada imagen y, sin articular palabra, deja hablar a lo más íntimo de su corazón, y, con la manos unidas y lágrimas en los ojos, le da las gracias a aquella Virgen que lo había salvado de sus perseguidores.

Y como persona agradecida, coge la rosa blanca que llevaba guardada de su amada, y, con el ánimo entrecogido como nunca antes había sentido en su desaforada vida, aquel temible bandolero, aquel facineroso sanguinario, despiadado y duro de corazón hinca la rosa en su puñal y, poniéndose a la altura de la Virgen, lo clava con suavidad en el pecho de la imagen para que la rosa blanca se quedara sujeta.

El “Zamarrilla” experimentó en lo más profundo de su espíritu una brisa fresca y purificadora que en ese momento le hizo sentir la necesidad prioritaria de cambiar de vida, de ser mejor, un hombre nuevo.

Es entonces cuando aquel hombre, contempla, entre el asombro y el miedo, que la rosa blanca que un momento antes había prendido en el sagrado pecho de la imagen... ¡se va tiñendo lentamente de un rojo tan intenso como la sangre!

Se dice que el “Zamarrilla” llegó a la firme convicción de que la Virgen había cambiado el color blanco de la rosa por un color rojo vivo para hacerle partícipe también a él del perdón de los pecados por la muerte de Cristo en la cruz, pues ese color rojo era el símbolo de su redención de la sangre derramada por sus víctimas.

La tradición añade que el “Zamarrilla” se entregó a la Justicia y que asumió convencido la condena marcada por la Ley, pero que no llegó a cumplirla totalmente, porque fue ejemplo de buena conducta para todos sus compañeros durante el tiempo de su encarcelamiento. Los jueces, sabedores del hecho milagroso de que había sido objeto y atendiendo a su buen comportamiento en presidio, trataron de favorecerle en el gran deseo que éste manifestaba de recluirse en un convento para el resto de sus días, entregado de pleno a la oración y al cuidado de pobres y enfermos.

Y así se dice que aconteció. El arrepentido bandolero profesó en un convento muy cercano al lugar en donde aquella Virgen recibía culto, y una vez cada año, en el aniversario de su contrición, el que antes había sido un temido malhechor salía, con el permiso de su prior, de su voluntario claustro, bajaba por el antiguo camino de Antequera y se dirigía al oratorio de la Señora, a cuyos pies depositaba una rosa roja de las que él mismo cultivaba en el pequeño huerto del convento.

Una tarde, ya casi anochecido el día, cuando el “Zamarrilla” iba caminando por la vereda que lo llevaba, como cada año, hasta la Virgen de la Amargura, fue interceptado por unos salteadores, que, al no hallar en el fraile dinero ni objeto de valor alguno, lo apuñalaron hasta darle muerte.

Alarmada al día siguiente la comunidad por la tardanza del fraile, salieron en su busca, hallando el cuerpo de Zamarrilla todo ensangrentado en medio del camino. Entre sus manos permanecía la rosa de su ofrenda que había cambiado su color rojo por un blanco resplandeciente.

Romance de Zamarrilla

Era Zamarrilla un bandolero,
al que la justicia perseguía,
Málaga era el puerto marinero
donde a por cariño iba y venía.

Dicen que una noche a su bravura,
le pusieron circo en el perchel,
y fue su amparo ante el
el manto de la amargura.

Y cuenta la historia
que una rosa blanca cambio de color
volviéndose roja
y que Zamarrilla llorando canto.

Amargura
ayyyyyyyy,
ayyyyyyyyy,
madre hermosa.

La del color bronceao,
deja que ponga esta rosa
junto al puñal que han clavao
tu amargura dolorosa.

Viendo aquel milagro de la rosa,
que se volvió como la grana,
frente a la morena dolorosa
floreció un clavel de flor cristiana.

Cuentan que sintió remordimientos,
y por conseguir la salvación,
pidió a los cielos perdón,
en los claustros de un convento.

Historia o romance
pero en los altares la rosa quedó,
milagro triunfante,
de la dolorosa que luce una flor.

Amargura,
ayyyyyyyy,
ayyyyyyyyy,
mare hermosa.

La del color bronceao,
deja que ponga esta rosa
junto al puñal que han clavao,
tu amargura ,
ayyyyyyyyy,
dolorosa.

Más información:

http://www.gibralfaro.uma.es/leyendas/pag_1646.htm
http://zamarrilla.es/cmd/

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