lunes, 21 de diciembre de 2015

Las andanzas de los siete niños de Écija


Los siete niños de Écija fue una cuadrilla de bandoleros españoles, activa en las proximidades de Écija (Sevilla) entre 1814 y 1818.

En 1808 las tropas francesas invaden España, muy ordenadas, con muchos hombres adiestrados en el combate, organizadas y capaces de hacer frente a cualquier ejército que se pusiera enfrente, pero no a un grupo de siete hombres cuyo sistema de combate era el de guerrillas, eran los siete niños de Écija, ya que en un principio, dicen, que sólo estaba formada por hombres de esa localidad.

A retaguardia de las tropas invasoras, iban atacando a los rezagados, se apoderaban de los víveres, todo un “dolor de cabeza” para los franceses que ponían todo su empeño en atraparlos, pero cada vez que capturaban o mataban a alguno de sus integrantes, inmediatamente era cubierta su plaza por otro nuevo, daba igual el número de caldos de la partida, en una ocasión atraparon a casi todos, y al día siguiente lo pocos que quedaron más los que se les unieron, volvieron a ser siete.
El número impar de siete hombres, era el jefe, el más antiguo.
Su sólo nombre producía en los españoles ardiente entusiasmo, y en los franceses rabia reconcentrada.
Los Siete Niños de Écija eran héroes de España. Acometían siempre cuando el número de los enemigos no era más que décuplo del suyo.
Caballos y jinetes hacían maravillas, maniobraban, huían en falso, se diseminaban y a cada momento el enemigo sentía sobre si el disparo o metrallas de sus trabucos.

Si vencían, exterminaban; si sucumbían, eran exterminados, y al día siguiente aparecía la partida, otros siete Niños de Écija renacían montados y uniformados del mismo modo, con la Remonta de Caballería de línea, sombrero calañés con escarapela, franja y vuelta roja en los bombachos, chaqueta de paño azul, con cuello y solapilla, mantas al hombro bajo las que guardan sus trabucos, botas altas de cuero con espuelas vaqueras y espada dragona a la cintura, y eran tan bravos, tan héroes, tan astutos y conocedores del terreno como lo habían sido los Niños de Écija muertos por la patria a manos del extranjero.” 

Según el dicho:”Los siete niños de Écijas, ni eran siete, ni eran niños, ni eran de Écija“ Pero de este asunto ya nos ocupamos en la entrada anterior.

La leyenda cuenta que fueron los propios franceses quienes le pusieron ese nombre. El que pudieran ser más de siete explicaría cómo eran capaces de robar recaudaciones del estado que iban escoltadas por más de 200 soldados.

Sea como fuese, aquel grupo de hombres eran héroes nacionales, y se les permitía todo, o al menos eso dice la tradición, porque en el fondo eran unos desalmados que tenían atemorizados a todos los lugareños.

Llegaron a dominar la carretera general de Andalucía, entre Sevilla y Córdoba. Tras cada golpe, corren a refugiarse en Sierra Morena, que conocían al detalle. Pero en julio de 1817 mediante un edicto se inició una campaña contra ellos hasta que poco a poco fueron cayendo hasta desaparecer.

Se han escrito muchos romances y poemas sobre ellos, algunos con posterioridad a su desmantelamiento como el publicado en la publicación “El Zurriago”, página 19 de 1821, que aunque tiene un toque humorístico nos muestra a unas personas a las que la vida de los demás parece que no les importa mucho. El autor no aparece en el original.


Los poemas y romances sobre los niños de Écija son abundantes, Este corresponde a uno publicado por “El Zurriago” en 1821:

Cuentan que los niños de Écija,
Una mañana de mayo
A un fraile de san Francisco
En una venta atraparon.
Ola, dijo el uno: amigos,
De esta echa la logramos:
Veréis que sermón tan lindo
Nos predica este santazo.
Vaya, padre: suba usted
Encimita de ese carro
Y largue mas Tologías
Que tienen tres Breviarios.
Hijo, por amor de Dios,
Decía el fraile llorando
no puedo respirar!
¿No lo ves? ¡Si estoy temblando!
Ea, pues rece V. el creo,
Le contesta aquel malvado,
Y montando la escopeta
Se prepara á despacharlo.
El póbrete se arrodilla
y llama a todos los santos.
Pero dice otro ladrón:
Hombre…. mas vale dejarlo.
Lo dejaron en efecto:
Mas después, á poco rato,
Se sentaron á comer
Y como faltase un banco,
Uno coge á nuestro fraile
Me lo tiende boca abajo
Y se sienta en sus costillas
Como si fuera un dornajo.
Hacía el padre mil gesto;
Con aquel peso abrumado
Y sudaba mas manteca
Que sale de tres marranos.
Notólo esto el capitán
Y de compasión llevado,
Le dijo al que estaba encima
Del paciente franciscano:
Hombre lástima me da
Que ese pobre está penando;
Siquiera por caridad
¡Pégale un par de balazos.
Muchas , gracias, dijo el fraile,
¿Para que es ese trabajo?
¡Si yo estoy muy á mi gusto!
¡Si no estoy incomodado!
(…)”

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