domingo, 27 de julio de 2014

Juan Sala Ferrer "Serrallonga"


     El bandolerismo en Cataluña surgió a raíz de la fuerte crisis del s. XVII en la que estaba sumida España. Este fenónemo también afectó a otras regiones como Aragón, Andalucía o Extremadura.
Entre los bandoleros había personas de todos los estratos sociales: nobles arruinados, campesinos pobres y sin recursos, también emigrantes, personas sin trabajo o trotamundos.

Grabado que representa a Joan de Serrallonga
Los enfrentamientos entre dos bandos nobiliarios, los nyerros y los cadells (conocidos también como narros y caderes), arrancan ya desde el siglo XII, pero toman una especial relevancia durante el siglo XVI y se extienden con desigual virulencia en siglos posteriores. Simplificando mucho los llamados nyerros son aquellos miembros que representaban a las clases medias y a los campesinos o pagesos y que eran defensores de los intereses de los señores feudales catalanistas. Los cadells, por el contrario, representaban a un amplio sector de la nobleza urbana y daban soporte a la monarquía castellana centralista y a la iglesia. 

Nació el 23 de abril de 1594 en Viladrau, en la comarca de Osona, en el seno de una familia de payeses acomodados. En el año 1618 Joan Sala Ferrer contrajo matrimonio con la hija mayor de la casa Serrallonga de Querós, Margarita, de la cual tomó el apellido, según la tradición catalana, cuando alguien se casaba con una heredera, a fin de preservar el apellido, adoptaba el apellido de la mujer. De ese matrimonio nacieron cinco hijos: Elisabet, Antoni, Mariana, Josep Baltasar y Isidre, uno de los chicos fue sacerdote.
A partir de entonces dedicó su tiempo a hacer de payés y comenzó a combinarlo con pequeños robos, a menudo, ayudado por sus hermanos o por otros bandoleros ya que se vivía una crisis general en el campo y muchos catalanes optaron por convertirse en bandoleros. Su tranquilidad fue rota en el año 1622 debido a que su vecino, Manel Bofarull, lo delató y tuvo que huir y esconderse, unos días después lo mató a tiros porque había guiado a sus perseguidores.

En el proceso que se le siguió y que se conserva y conoce por haber sido publicado por Juan Cortada, Serrallonga declaró que se echó al monte por haberse visto implicado injustamente en un delito de robo.

Se refugió en la montaña donde se unió al grupo de bandoleros liderados por Antic, con el que tenía pendiente un antiguo ajuste de cuentas por considerarle responsable de la muerte de su madre, cuando Joan tenía 4 años, la cual falleció por falta de asistencia médica. Los hombres de Antic asaltaron a la persona que iba en busca del médico.
Tras enfrentarse con Antic se erigió como jefe de los bandoleros, entre los que también se encontraban sus hermanos. Entre robo y robo pasaba temporadas en el manso Serrallonga y llegado el caso, escapaba escondiéndose en los lugares más inhóspitos de las montañas que conocía a la perfección.

Sus primeros años de bandolero fueron tranquilos pues la justicia estaba ocupada persiguiendo a otro grupo de bandoleros, el de los hermanos Margarit. Una vez estos fueron apresados la atención recayó sobre el grupo de Serrallonga.

 Margarita, su esposa fue una víctima de las acciones de su esposo. Estuvo encarcelada en varias ocasiones y dos de sus hijos nacieron en la cárcel. Su casa y sus propiedades fueron quemadas con la finalidad de que no pudiera refugiar a su esposo. Sus bosques fueron talados y ella y sus hijos tuvieron que permanecer mucho tiempo refugiados en casas ajenas.

Su época de máxima actividad fue de 1627 a 1630. En 1627, se marchó al Rosselló para escapar de los soldados de Felipe IV y se dice que, durante ese tiempo, asaltaba los carruajes reales que recogían los impuestos y luego repartía el botín entre los más necesitados. Por eso el personaje caía bien a las clases populares que ayudaban a ocultarlo.
  
Los Nyerros utilizaron a Serrallonga y a su banda para sus fines políticos (venganzas, atentados o asesinatos) y aunque Serrallonga simpatizaba con ellos, su lucha no era la suya, pero les secundó.

En 1631, los bandoleros de Serrallonga fueron traicionados por el señor de Durban (un Nyerro) que les vendió para obtener favores reales. Algunos miembros destacados del grupo fueron apresados.

Serrallonga y el resto escaparon quedándose en los Pirineos cometiendo fechorías. En 1632 secuestraron a una joven de 19 años viuda, Joana Massissa, que se dirigía a pie hacia Sant Joan de les Abadesses, parece ser que era hija de un cabecilla del bando de los cadells, contrario al de los nyerros de Serrallonga.
 Hay quien dice que Serrallonga la retuvo junto a él por más de un año, intentando ella repetidamente huir sin éxito. Los más románticos cuentan que Joana se enamoró de Serrallonga y ambos vivieron un romance que duró 15 meses. Joana se integró en la banda, delinquiendo y viviendo al margen de la ley con ellos.
 El 31 de octubre de 1633, el heredero del manso Agustí de Santa Coloma de Farners, aprovechando que Serrallonga y su grupo se encontraban refugiados en su casa, les delató y fueron apresados.
Serrallonga y su gente fueron sometidos a todo tipo de torturas, otra versión dice que no fue así, ya que con la sola amenaza de empezar la tortura Serrallonga confesó, habló tanto que acabó delatando a 80 de sus compañeros.
Joana Massissa, que se encontraba embarazada, fue forzada a declarar en contra suya para poder salvar su vida. El 8 de enero de 1634 Joan Serrallonga fue ejecutado en Barcelona, siendo decapitado y descuartizado. Se le atribuyeron 39 asesinatos, aunque no todos habían sido cometidos por él sino por miembros de su cuadrilla.
A raíz de su leyenda, que forma ya parte de la cultura de las comarcas de La Selva y Osona, ha aparecido mucha literatura e incluso poemas. Hay rutas excursionistas para conocer los lugares que frecuentó, fiestas o bailes llevan su nombre e incluso su vida ha sido recreada en el cine.
 Tres autores dramáticos, Antonio Coello, Francisco de Rojas y Luis Vélez de Guevara, llevaron a la escena la figura del bandolero Serrallonga en una obra escrita a tres manos: El catalán Serrallonga (c. 1650).
La transformación del Serrallonga salteador de caminos en héroe mítico se debió al romanticismo catalán. A comienzos del siglo XIX se escribió el cuadro dramático Lo ball d'en Serrallonga, de autor anónimo, una pieza declamable, bailable y cantable (Milà i Fontanals publicó la canción popular correspondiente) de la que hay numerosas versiones. Su argumento es una apología de Serrallonga y de los miembros de su cuadrilla, y solía representarse por comparsas populares en las fiestas mayores del Camp de Tarragona y pueblos de Urgell, Segarra, Vallès, Penedès y Ampurdà. 

La consolidación del mito de Serrallonga se debió principalmente a Víctor Balaguer, quien en 1863 estrenó el drama Don Joan de Serrallonga y, al año siguiente, publicó una novela con el mismo título que alcanzó tres ediciones. Le siguió una segunda parte que trata de la venganza que doña Joana Macissa y el Fadrí de Sau (amiga y colaborador, respectivamente, del bandolero) tomaron de los ejecutores de la sentencia de muerte de Serrallonga. Por lo que se refiere al drama, su éxito fue todavía mayor, ya que se representó durante medio siglo.


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